EL GUANTE

Tiró el guante por la ventana como si se tratara de una dama antigua y permaneció algunos segundos mirando hacia la calle con un leve brinco en el corazón, registro orgánico de algún momento de felicidad pasada. Pero ningún caballero bajó de su caballo para recoger aquella pequeña pieza de cabritilla perfumada. Sólo una chica haciendo footing y un par de coches a velocidad reducida por atravesar zonas ajardinadas. Se dio la vuelta para encontrarse de nuevo con los espejos de todos los días: los colores rosas y blancos de las maderas; los bordados en el edredón de mismo color y esas malditas cerámicas chinas que su madre se empeñaba en traer de todos los viajes exóticos que hacía. El trabajo de ella en una tienda de artes decorativas siempre le había puesto de los nervios, pero desde el día del terrible accidente, no había vuelto a protestar.  Movió la silla de ruedas hacia la cómoda y del primer cajón extrajo el revólver que le había pedido a Roberto, su mejor amigo. Cerró los ojos y no pudo ver al guante de cabritilla entrar de nuevo en la habitación,  arrojado sin duda por algún caballero desde la calle.

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