CARLA Y LA GRULLA

Papá me había explicado que también vendría con nosotros la hermana de Roberto; que no iban a dejarla sola en casa durante los tres días que íbamos a estar en la laguna de Gallocanta. Yo no recordaba otra salida con Carla, ese era el nombre de la hermana de mi mejor amigo, pero papá me siguió explicando que, en otras ocasiones, Carla se había quedado en el centro en el que estaba interna, pero que ahora estaba de vacaciones en su casa con sus padres y su hermano, como en todas las Navidades. Mamá miró mi cara de extrañeza y entonces me recordó que en las vacaciones de invierno, hasta la fecha, siempre nos habíamos ido a visitar a los abuelos y que por eso nunca habíamos hecho un plan con nuestros amigos. No me convencía nada lo que papá ni lo que mamá me decían, pero la alternativa era eso o nada. Preferible a seguir otro día más en casa sólo con mis padres o visitar a algún familiar, ese tipo de cosas que se hacen en Navidad. Aún así no podía dejar de preguntarme qué íbamos a hacer todo el día con la silla de ruedas de Carla. Después de tantos días sin poder coger la bici por la lluvia, ahora me tocaría ir por la laguna al paso de tortuga de una silla de ruedas; aunque siempre me quedaba la alternativa de jugar en la casa rural con la tablet. Papá me miró extraño cuando dije en alto lo que pensaba, pero se mantuvo en silencio. Sólo esa mirada que me dejó más helado que si me hubiera dicho algo tipo: “qué egoísta eres” “sólo piensas en ti” “se nota que eres hijo único…”

A pesar de la tensión y del malestar en el rostro de mis padres, pasadas cuatro horas desde nuestra conversación, habíamos llegado a la laguna. Roberto y yo sacamos el balón en cuanto aparcamos los dos coches y, mientras los cuatro padres organizaban a Carla y su silla, nos pusimos a dar unos cuantos chutes. Yo conocía la casa rural de otro fin de semana en el que había venido solo con mis padres, claro que entonces era verano y pudimos hacer muchos paseos en bicicleta.

Los mayores decidieron dejar los bultos y ver el atardecer dando un paseo por la laguna. Yo miraba a la madre de Roberto con la esperanza de que decidiera quedarse en la casa con Carla; parecía cansada con la cabeza baja y muy quieta. Por fin, emprendimos los siete –y la silla de ruedas- la caminata en ese atardecer rojizo. El nombre me vino a la mente porque así le había puesto mi madre de título a uno de sus cuadros, el que pintó en el otro viaje que hicimos: “Atardecer rojizo en Gallocanta”. Cuando comenzamos a caminar, la niña seguía quieta, muy quieta pero, a medida que avanzábamos, vi cómo sus brazos bailaban con el aire. Roberto y yo separábamos juncos jugando a que éramos exploradores en una selva y las grullas que aparecían se transformaban en enemigos a los que vencer, aunque ellas siempre corrían más que nosotros que acabamos en el barro persiguiéndolas. De repente, una de ellas voló hacía la silla de ruedas de Carla y, a continuación, se posó en uno de sus brazos. Ella entonces se quedó muy quieta y emitió un sonido extraño, como un canto. La grulla miraba a la niña y también cantaba, como si respondiera con la misma música. Yo también miré a la hermana de mi amigo y sus ojos se clavaron en los míos. Los bajé un momento, rojo como el inmenso paisaje. Cuando los volví a subir, la grulla se había quedado dormida en el regazo de Carla y ella muy quieta seguía con su canto.

En el camino de vuelta a la casa rural le pedí a la madre de mi amigo que me dejara llevar la silla de Carla. Creo que a ella le gustó el nuevo conductor porque movía la cabeza y, a veces, se reía.

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